Mi casa es un espacio sagrado. He notado que, debido a la gran cantidad de mañas que tengo, no soy mucho de invitar personas. Me encanta invitar a los más cercanos, me encanta abrir unas cervezas o una botella de vino y compartir con una o dos personas, pero ¿eventos sociales? no, lo pienso y en realidad me da mucha paja. Confieso que finalmente nunca hice la inauguración (porque además ¡no llegó nadie cuando lo intenté!).
Mi casa es un espacio sagrado y tengo precaución con las personas a las que dejo entrar. Esa persona que conoce mi departamento, probablemente es alguien a quien quiero, que me importa, que sé me traerá buenas vibras y disfrutará de este espacio con respeto y amor.
Otro de mis espacios sagrados es mi cama. Sí, mi cama. Debo confesar que no hay algo que odie más que compartir mi cama. Es que... ¡es mía! Grande, espaciosa, calentita (y fresquita en verano), perfecta, perfecta para MÍ. Sí, para MÍ. Ni siquiera permito que mi hija duerma conmigo, porque ella tiene su cama y ¿adivinen qué? ¡yo tengo la MÍA!
Ahora bien, tampoco soy una ogra/grinch que no cede. Lo he hecho algunas veces con algunas personas (me sobran dedos de una mano para contarlas si) y no lo niego, ¡me encanta! PERO... no es que me encante compartir mi cama con esa persona, ¡NO! me encanta compartir con esa persona en mi cama, que es bien distinto. Así que, si usted ha dormido en mi cama conmigo, siéntase afortunado... he cedido parte importante de mí y no tiene idea cuánto vale.
Usted, ¿tiene espacios sagrados?